Terrorismo, la espada de Damocles sobre el Mundial

El presidente de Rusia, Vladimir Putin, no sólo debe mantener a raya a las hordas de hooligans, también tiene que evitar ataques terroristas, sobre todo en las 11 ciudades que albergarán algún partido de la Copa del Mundo. Datos de inteligencia alertan sobre el tamaño del problema: 20 mil ciudadanos de países fronterizos –miles de ellos con pasaporte ruso– son sospechosos de pertenecer a organizaciones como el EI. Según expertos, los llamados “lobos solitarios” tienen mayor probabilidad de lograr un atentado.

BRUSELAS.- La primera amenaza apareció en las redes sociales el 17 de octubre último.

En la imagen un terrorista encapuchado del Estado Islámico (EI), armado con un rifle de asalto AK-47, posa frente al logotipo del Mundial de Rusia 2018 y junto a una bomba que lleva pintada la bandera del grupo fundamentalista.

De fondo, un estadio de futbol difuso en un color rojo sangre; en el frente, un mensaje en ruso y en árabe que dice “espérenos”.

Desde entonces, el órgano propagandístico del EI, Al Wafa, que opera desde Afganistán, no ha parado de difundir, hacia todo el mundo, imágenes intimidantes contra el torneo y sus organizadores, utilizando la red de mensajería codificada Telegram.

En abril pasado, la organización yihadista circuló la fotografía de un estadio repleto de aficionados con explosivos estallando en presencia del presidente ruso.

La imagen también muestra a Vladimir Putin que está en la mira de un arma y se le advierte que “pagará el precio de matar musulmanes”, en referencia a la intervención rusa en el conflicto sirio.

Además, el Estado Islámico se ha ensañado con dos figuras ajenas a la política: conscientes del gran impacto mediático que obtendrían, los yihadistas publicaron en mayo último una imagen modificada de los futbolistas Cristiano Ronaldo y Lionel Messi siendo degollados por dos terroristas en medio de un estadio pletórico, con el mensaje “el suelo estará cubierto con tu sangre”.

Esa clase de intimidaciones sí preocupó a la selección sudamericana. El presidente de la Asociación del Futbol Argentino (AFA), Claudio Tapia, y el seleccionador argentino, Jorge Sampaoli se reunieron para hablar de la seguridad del equipo albiceleste con el embajador ruso Viktor Koronelli, pocos días después de que el EI publicara en octubre su primer amago contra la estrella del Barcelona: un montaje en que se ve a Messi tras unos barrotes y con una lágrima de sangre.

La sombra del terrorismo islámico tiene sumamente agobiado al anfitrión mundialista. El apoyo militar del Kremlin al régimen sirio de Bashar al-Asad en su ofensiva contra el EI, a partir de septiembre de 2015, convirtió a Rusia en un blanco prioritario de la violencia yihadista.

En un reciente reporte del reconocido instituto británico de análisis militar Jane’s Terrorism and Insurgency Centre (JTIC), su investigador Chris Hawkins confirma que, “aunque las tendencias de atentados terroristas han disminuido en Rusia, la Copa del Mundo ofrece un significativo objetivo aspiracional para los posibles atacantes”.

Precedentes

Recientemente, Rusia no ha podido impedir ser víctima de atentados terroristas; incluso, han sido atacadas dos ciudades que albergarán partidos del Mundial.

El 3 de abril de 2017, un ciudadano de 22 años de Kirguistán –un país exsoviético y de mayoría musulmana de Asia Central– detonó una bomba en un túnel entre dos estaciones del metro de San Petersburgo, una de las once ciudades sedes. Ahí murieron 16 personas, incluyendo el autor del atentado, e hirió a 64. El atentado fue reivindicado por Al Qaeda.

Anteriormente, el 31 de octubre de 2015 –un mes después de haber comenzado la participación rusa en Siria–, un avión repleto de turistas rusos cayó en pedazos en el desierto del Sinaí tras estallar un explosivo en su interior, matando a sus 224 ocupantes.

El vuelo chárter había partido del complejo hotelero egipcio de Sharm el-Sheij y se dirigía a San Petersburgo.

En un mensaje distribuido por Twitter y Telegram, una célula egipcia del EI reivindicó el atentado que dijo haber cometido en represalia por los bombardeos rusos sobre sus posiciones en Siria.

Pero lo más inquietante es que el otro gran evento deportivo internacional organizado por Rusia, los Juegos Olímpicos de Invierno de Sochi en 2014, fue motivo de una serie de sangrientos atentados, cuyo objetivo era detener “por todos los medios” y recurriendo “a la fuerza máxima” la “fiesta deportiva” de Putin, según las amenazas que lanzó el líder de los rebeldes islamistas en el Cáucaso ruso.

De aquella zona, en particular de la república federada de Daguestán, provenían las dos mujeres y el hombre que se hicieron estallar en la ciudad de Volgogrado, una de las sedes de la Copa del Mundo, ubicada al norte del conflictivo Cáucaso.

El primer ataque ocurrió el 21 de octubre de 2013 contra un autobús, acto en el que ocho personas murieron. El segundo atentado fue el 29 de diciembre de ese año, al mediodía, en una concurrida estación de trenes, matando a 16 personas e hiriendo a 50. Al día siguiente, un kamikaze se hizo estallar en la parte trasera de un trolebús: 13 pasajeros murieron.

Mes y medio después comenzaron los olímpicos invernales de Sochi bajo una fuerte tensión y un extraordinario dispositivo de seguridad.

A menos de dos semanas del partido inaugural del Mundial, el Servicio Federal de Seguridad (FSB por sus siglas en ruso) anunció, sin abundar en detalles, que había desmantelado dos células del EI que eran coordinadas desde Siria para realizar actos terroristas.

En el primero de los casos se buscaba, según el FSB, “cometer actos terroristas de gran repercusión en la provincia de Rostov” con el uso “de armas ligeras y explosivos caseros”. En la capital de esa provincia se ubica el Rostov Arena, que será uno de los estadios anfitriones donde jugará la Selección Mexicana contra Corea del Sur el 23 de junio.

La segunda célula terrorista, compuesta por cuatro yihadistas originarios de Siberia, tenía planeado cometer varios ataques en Moscú, de acuerdo con el FSB, dependencia que, además, habría detenido en una operación especial a otros 20 sospechosos en una localidad siberiana donde se encontró propaganda del EI.

Peligro en casa

Para Arnaud Dubien, director del Observatorio de la Cámara de Comercio Franco-Rusa, el gobierno de Putin enfrenta riesgos terroristas en dos grandes escenarios de conflicto: el Cáucaso ruso –principalmente, las repúblicas de Daguestán y Chechenia, las cuales han sido escenario de una violenta rebelión islámica desde la caída de la Unión Soviética– y Asia Central que incluye Afganistán.

El especialista galo explica que Daguestán se mantiene “inestable” y que en Chechenia “la situación es frágil” e, incluso, tiende a empeorar por el hecho de que numerosos jóvenes que partieron a Siria a pelear bajo la bandera yihadista están regresando a Rusia después de la caída de las ciudades sirias de Raqa y Deir-Ez-Zor en octubre y noviembre últimos, respectivamente.

Un reciente reporte de la organización no gubernamental International Crisis Group (ICG) elaborado por Anna Arutunyan, periodista ruso-estadunidense afincada en Moscú, explica que tras las dos guerras separatistas que asolaron Chechenia en los noventa y 2000, el autoritario presidente checheno, Ramzan Kadyrov, logró desplazar la violencia hacia otras repúblicas del Cáucaso Norte, luego de una despiadada campaña de contrainsurgencia.

En junio de 2015, el EI declaró su autollamada Provincia del Cáucaso, incluyendo a Chechenia.

Sin embargo, la proclamación fue simbólica –dice la periodista– pero sugirió una afinidad entre el EI y los islamistas del Cáucaso ruso, algunos de los cuales se enrolaron en la yihad siria.

El JTIC identifica como los dos principales grupos atrincherados en el Cáucaso a Wilayat al-Qawaqatz, afiliado al EI, e Imarat Kavkaz, adherido a Al Qaeda.

Según reportes de inteligencia del gobierno de Putin, en 2016 había alrededor de 3 mil 500 ciudadanos rusos combatiendo con el Estado Islámico en Siria e Irak. El reporte de ICG aclara que otras fuentes serias elevan ese número a 5 mil.

Los combatientes de origen checheno –los cuales suelen ocupar altos rangos dentro del EI, reportan los servicios de información del Kremlin– podrían llegar a 4 mil, no todos con la nacionalidad rusa.

El FSB también calcula que hasta 8% de los combatientes del EI podría contar con un pasaporte ruso y que en Rusia residen entre 2 mil y 4 mil combatientes provenientes de países exsoviéticos de Asia Central.

En total, según fuentes rusas, se tienen reportados unos 20 mil ciudadanos de países fronterizos con Rusia que son sospechosos de pertenecer a organizaciones fundamentalistas peligrosas.

Por ejemplo, el Ministerio del Interior ubica a 600 ciudadanos de Kirguistán –como el que atentó en San Petersburgo en 2017– que se han unido a los grupos yihadistas en Irak y Siria.

El director de la FSB, Alexandre Bortnikov, ha dicho en reuniones con sus homólogos de otros países que los yihadistas tienen abierta oportunidad de infiltrarse al país desde Afganistán transitando por los Estados vecinos que antes formaron parte de la Unión Soviética: Turkmenistán, Uzbekistán y Tayikistán.

Suspensión de garantías

El gobierno de Moscú no ha escatimado esfuerzos para proteger la Copa del Mundo. Desde 2016 creó un grupo de trabajo internacional con los servicios de seguridad de 32 naciones y estableció una súperestructura de vigilancia del Mundial, encabezada por el FSB.

En cuanto a las medidas de control y seguridad el gobierno de Rusia no se ha limitado, mucho menos en las 11 ciudades que acogerán la competencia.

Las acciones van desde la instalación de detectores de metal en el metro de Moscú, el despliegue de perros localizadores de explosivos en el de San Petersburgo y la colocación masiva de cámaras de seguridad, al reforzamiento de la custodia de los espacios aéreos, marítimos o carreteros, además de las vías ferroviarias y del transporte público; también aplica el control de identidad de todos los asistentes a los eventos mundialistas.

Entre otra de las acciones impuestas está el cuestionado decreto que firmó Putin en mayo de 2017, para proteger la Copa FIFA 2017 y el Mundial 2018.

El decreto –que estará en vigor del 25 de mayo al 25 de julio– ha generado el fuerte rechazo de organizaciones de derechos humanos porque incluye medidas que atentan contra las libertades civiles, como limitar el derecho a manifestarse y el de circulación. De acuerdo con los críticos del gobierno de Putin, entre ellos Human Rights Watch, las autoridades rusas aprovecharon las medidas de seguridad durante la Copa Confederaciones para detener arbitrariamente a 33 opositores al régimen.

Según organizaciones inconformes, esa especie de estado de excepción que implantó Putin ha sido avalado por la Federación Internacional de Futbol Asociación (FIFA), la cual expresó su plena confianza en los “altos estándares de seguridad rusos” luego de que a principios de marzo el periódico alemán Bild reveló que un informe de la Oficina Federal de Investigación Criminal de Alemania alertaba de “un alto riesgo” terrorista en la competencia.

Para expertos en la materia, como Chris Hawkins del JTIC, es poco probable que un grupo yihadista pueda ejecutar una operación militar de alto impacto con armamento pesado, drones o armas químicas.

“Los ataques con potencial éxito –precisa– serían probablemente los de baja capacidad, cometidos con vehículos, cuchillos o artefactos explosivos improvisados” por “lobos solitarios”.

Apenas el 12 de mayo último, en una zona céntrica de París, un joven checheno naturalizado francés y que simpatizaba con el EI, mató a una persona e hirió a cuatro con un cuchillo. Lo mismo ocurrió el 19 de agosto de 2017 en la ciudad siberiana Surgut, donde ocho personas fueron acuchilladas por un individuo que el EI más tarde consideró “soldado del califato”.

Sin embargo, a diferencia de Francia, las autoridades rusas no reconocieron la agresión como un acto terrorista.

 

*Este reportaje fue publicado el 2 de junio de 2018 en el suplemento de Rusia 2018 de la revista PROCESO.

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