Ante la adversidad, todos somos socialdemócratas

El filósofo esloveno Slavoj Zizek. Foto: Wikimedia Commons

*Tatiana Cardenal / Ramón Guirado Guillén

Decía Zygmunt Bauman que las redes sociales se presentan como una forma de acercarnos más a nuestros seres queridos que, sin embargo, implica que dejemos de socializar con la gente de nuestro alrededor, a quienes sustituimos por una comunidad ficticia. Mucho se ha escrito sobre esta paradoja en las últimas décadas y se ha señalado la hipertecnologización de la sociedad como un riesgo de nuestro tiempo que alimenta el individualismo, la ‘solitude’ que es constitutiva y expresión de los sistemas neoliberales. Sin embargo, sería difícil imaginar una cuarentena como la que estamos viviendo a causa de la COVID-19 sin poder conectarnos de forma telemática con nuestros amigos y familiares. El acceso a internet se está revelando en estas condiciones extremas como una muestra de la necesidad de sentir un “nosotros” que trascienda las paredes que son testigos de nuestro confinamiento, aunque también un factor de tremenda desigualdad para aquellas familias con menos recursos que no disponen de conexión en casa.

Muchas otras necesidades materiales se están convirtiendo en esenciales estos días de pandemia, especialmente equipo sanitario como respiradores, mascarillas, equipos de protección individual; pero también el mantenimiento básico como transportes, energía, alimentación, etc. De la noche a la mañana, esta epidemia ha tensado el capitalismo liberal como sistema, forzando a sus líderes a posicionarse haciendo equilibrios entre proteger a la gente o salvar la economía.

Casi todos los gobiernos han pasado de esa fase de negación de la gravedad, en la que primaba mantener la economía, a una segunda fase de garantizar ya no solo el bienestar, sino la supervivencia de su población más vulnerable. Paradójicamente, para garantizar esa protección social, han de hacer justo lo contrario a lo que pensaban que era lo mejor para todos, lo contrario al capitalismo liberal. En los países occidentales donde primero golpeó la epidemia, como España e Italia, pronto se decidió limitar la capacidad de libre movimiento de sus ciudadanos, para más tarde llegar a tomar el control de la industria nacional. Mientras, países como Suecia, Reino Unido o Estados Unidos, decidían que lo mejor era no hacer nada, para no dañar a la economía. Quizás pensaban que la epidemia no era más que una gripe, y no se la tomaron en serio, o quizás sí sabían del peligro pero aun así primaban el bienestar de sus grandes corporaciones. Este último es el caso del vicegobernador de Texas, que sugiere abiertamente que más valdría sacrificar la vida de los ancianos para preservar el modelo actual. 

Y esa es la misma situación en la que se encuentra el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump. En estos primeros días, el presidente norteamericano junto a otros líderes conservadores, no le quedaba otra línea de defensa discursiva más que la posverdad, menospreciando la magnitud de la crisis. Pero a medida que se ha elevado el número de contagios, y se acerca al límite de la capacidad de carga de su sistema sanitario, se vuelve más intenso el dilema entre abandonar a su suerte a la población, desigual ante una sanidad privatizada que no todo el mundo se puede permitir, o tomar el control de la industria sanitaria y quizás ofrecer libre acceso al sistema, algo que de momento todavía rechaza porque según él, eso le convertiría en un país socialista, como Venezuela, aunque tras la presión a Ford y General Motors, cada vez está más cerca de tomar esa decisión. Y es precisamente en esa línea, en la que el editor jefe del MIT Technology Review, Gideon Lichfield, apunta a que una mayor gravedad de esta crisis sanitaria podría suponer una oportunidad para forzar a EEUU a corregir la grave desigualdad social que lleva acarreando estos últimos 40 años, desde la llegada de Ronald Reagan al poder y la aplicación de las políticas económicas neoliberales de la escuela de Chicago.

En cualquier caso, a medida que avanza la epidemia en sus países, hasta el propio Trump parece estar cambiando de parecer, y ya comienza con medidas que podrían dañar a su economía para proteger a sus ciudadanos. No es difícil leer entre líneas el hecho de que existe una relación lineal entre cómo de neoliberal se es y cuánto tiempo se tarda en tomar estas medidas.

Así, en este nuevo escenario en el que se ha disparado la demanda de material sanitario al ser necesario de forma global, muchos países han intervenido la producción de material sanitario para garantizar el suministro de su ciudadanía. Se demuestra, por tanto, una regla que ya se sospechaba cierta: no es buena idea dejar en manos del libre mercado el suministro de productos básicos o estratégicos para el bienestar social. 

Lo que es seguro es que esta situación ha provocado una tensión en los mercados que fuerza a los estados a enfrentarse a un dilema: o controlar sus fábricas o enfrentarse al desabastecimiento. Y es que, como escribe Zizek en su último ensayo ‘Pandemic! COVID-19 shakes the world’, la crisis sanitaria de la COVID-19 tiene un potencial efecto positivo en tanto que ha sacado a la luz las debilidades de las democracias liberales.

Esta crisis sanitaria que ha sacudido con fuerza el sistema, como ya lo hizo la crisis de 2008, puede ser un revulsivo que abra la puerta a un cambio sociopolítico que, frente a un neoliberalismo que ofrece cada vez más síntomas de autoritarismo e intensifica las pasiones tristes como temor, odio, y resentimiento, reconozca nuestra vulnerabilidad, interdependencia y sea capaz de articular un sentimiento de comunidad y una cultura de los cuidados que perdure en el tiempo, dando continuidad y desarrollando esas explosiones de solidaridad y empatía a las que estamos asistiendo estos días. En palabras de Zizek «el dilema al que nos enfrentamos es: barbarie o alguna forma de comunismo reinventado»

La crisis financiera global de 2008 se cerró con una salida neoliberal que no solamente no solucionó ninguno de los problemas de modelo, sino que agravó y profundizó las desigualdades que ya existían. 

¿Seremos capaces de aprovechar la oportunidad para que cuando salgamos de esta crisis estemos más unidos y menos aislados que cuando la empezamos? Debemos aprovechar la oportunidad para implementar medidas progresistas como el acceso gratuito a la universidad, una renta básica garantizada o un ‘Green New Deal’ para luchar contra el cambio climático. Permitámonos ver esta crisis como una oportunidad de tejer nuevos lazos sociales, que los aplausos de los balcones se transformen en una exigencia por una sanidad pública de calidad, con muchos más medios materiales y humanos; que las plataformas de ayuda ciudadana se transformen en una sociedad amable, amplia, mestiza, diversa, justa y solidaria. Que de esta crisis salgamos sin caer, como sucedió hace diez años, en el “sálvese quien pueda” y nos sirva para hacernos más fuertes como pueblo. Solo así seremos más resilientes ante los retos que nos aguarda el futuro.

Esta experiencia nos está demostrando que ante la adversidad, solo las herramientas de cooperación pueden garantizar que no se deja a nadie atrás, ni por edad ni por ingresos, solo a través de una sanidad pública y de calidad se puede velar por la supervivencia de la ciudadanía. Pero sobre todo, nos está demostrando que cuando es necesario, la mayoría de los gobernantes están dispuestos a intervenir a las empresas que proporcionan los bienes y servicios esenciales para garantizar el bienestar social.

Si algo nos enseña esta crisis es que necesitamos a los otros, nos va la vida en ello, literalmente. Si algo nos enseña esta crisis es que cuando las cosas vienen mal dadas, todos somos socialdemócratas.

*Este artículo fue publicado el 31 de marzo de 2020 en el portal www.eldiario.es bajo el título «Cuando vienen mal dadas, todos somos socialdemócratas». Aquí puedes leer el texto original.

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