Siria. Foto: Wikimedia Commons

Con Occidente, una relación enfangada

Si la guerra en Siria y la invasión militar a Ucrania enemistó a Rusia y la Unión Europea, el envenenamiento del exespía ruso Sergei Skripal y su hija Yulia, en territorio británico a principios de marzo, provocó una de las peores crisis en la región desde el fin de la Guerra Fría. Los diferendos diplomáticos, políticos y comerciales se exacerbaron al punto de la ruptura, al tiempo que un grupo de eurodiputados pidió boicotear la Copa Mundial de Futbol 2018. Y aun cuando la propuesta no prosperó, logró atizar la incertidumbre.

No causó sorpresa la carta abierta del pasado 20 de abril en la que un grupo de 60 eurodiputados instan a los gobiernos nacionales de la Unión Europea (UE) a boicotear el mundial de futbol en Rusia.

“Nosotros, miembros del Parlamento Europeo, los exhortamos, como representantes del pueblo de la UE, a unirse a los gobiernos de Islandia y Reino Unido y no asistir a la Copa del Mundo de 2018 en Rusia”, expone el documento que impulsó la eurodiputada ambientalista alemana Rebecca Harms.

La relación entre Rusia y Occidente, enfangada en pleitos diplomáticos y acusaciones mutuas de injerencias imperialistas, atraviesa por una de sus mayores crisis desde el fin de la Guerra Fría.

Moscú resulta para Europa un acertijo y fuente permanente de conflicto.

En ese marco, considerada como la más reciente “burla del presidente Vladimir Putin a los valores europeos”, los firmantes de la carta del Parlamento Europeo se refirieron al que han llamado el “ataque de Salisbury”.

El 4 de marzo pasado, en esa ciudad británica fueron envenenados con un gas neurotóxico el coronel y exespía doble ruso Sergei Skripal –quien llegó a refugiarse en aquella población tras un intercambio de agentes secretos en 2010– junto con su hija Yulia.

Hacia el huésped del Kremlin se dirigen todas las imputaciones: a pesar de que los análisis de la Organización para la Prohibición de las Armas Químicas (OPAQ) no reveló el país o el laboratorio responsable de la fabricación, confirmó que el potente tóxico usado en ese atentado –el novichok– únicamente lo produce el ejército ruso, según los británicos.

Cuando estalló el escándalo por el envenenamiento de Skripal y su hija, Peter Wilson, representante de Gran Bretaña ante la OPAQ, declaró: “Sólo Rusia posee las capacidades técnicas, la experiencia práctica y las motivaciones para realizar esta operación”.

A mediados de marzo la primera ministra Theresa May anunció que ningún miembro del gobierno ni de la familia real asistirán a la justa deportiva, a realizarse del 14 de junio al 15 de julio, suspendió todos los contactos bilaterales de alto nivel y expulsó a 23 diplomáticos rusos.

La Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), Estados Unidos y 22 de los 28 países de la UE secundaron la acción de May y expulsaron a más de un centenar de diplomáticos rusos o llamaron a sus embajadores. Grecia, Bulgaria, Chipre, Portugal, Eslovenia y Austria no participaron en la acción coordinada, mientras que Islandia sí se sumó a la propuesta de boicot político al Mundial.

En su carta, los eurodiputados enumeraron otros pendientes con Putin: “el bombardeo indiscriminado de escuelas, hospitales y áreas civiles en Siria (como aliado militar del régimen de Bashar al-Asad); la violenta invasión militar en Ucrania (en 2014); el hackeo sistemático; las campañas de desinformación; la intromisión en elecciones; y el intento por desestabilizar nuestras sociedades y debilitar y dividir a la UE”.

Y advirtieron: “Aunque estamos de acuerdo en que el deporte puede ayudar a construir puentes metafóricos, mientras Putin esté haciendo explotar puentes reales en Siria no podemos pretender que este Mundial es como cualquier otro gran evento deportivo.

“Mientras Putin esté ilegalmente ocupando Crimea, tenga prisioneros políticos ucranianos y prosiga la guerra en el este de Ucrania, no podemos pretender que el anfitrión de este torneo es un vecino hospitalario.

“Mientras que los disidentes políticos y la prensa libre estén en constante peligro en Rusia, no podemos dar la espalda y chocar la mano de Putin en un estadio de futbol”.

Potencia oportunista

En febrero último, poco antes del caso Skripal, Strategia Europe –uno de los más prestigiosos centros de pensamiento– realizó un sondeo entre los 13 especialistas más prestigiosos en las relaciones euro-rusas, quienes se mostraron implacables con Rusia, en particular con quien mueve los hilos del poder.

Stephen Szabo, investigador del American Institute for Contemporary German Studies, expuso: Rusia dejó de ser la “principal amenaza de Europa” para convertirse en “combatiente activo de una guerra que libra en las sombras contra Occidente”.

Para Gianni Riotta, del Council on Foreign Relations, “el presidente Putin ha estado provocando al status quo desde la guerra en Georgia en 2008”. En aquel episodio, puntualiza el experto, Rusia prestó apoyo militar a los territorios independientes de facto de Osetia del Sur y Abjasia, que reconoce Moscú, pero no la ONU ni la UE, y que reclama Georgia.

Y añadió: Putin “ha trastornado los equilibrios geopolíticos” en Ucrania –donde Moscú apoyó a los separatistas prorusos contra las fuerzas aliadas a la UE– y Crimea –a la que intervino militarmente y luego anexó–. Al mismo tiempo, dijo, ha alterado las democracias con una guerra de desinformación astuta y al estilo de la KGB”, en alusión a la siniestra agencia de inteligencia de la época soviética.

De manera similar se expresó Ian Bond, director de política exterior del Centre for European Reform. Según él, “Rusia plantea un serio problema tanto en la arena militar como en el ciberespacio”. Su colega Fraser Cameron, director del EU-Asia Centre, advirtió sobre los “sistemáticos intentos de Rusia por socavar los valores europeos y sembrar la desconfianza en la UE y la OTAN”.

Rusia, subrayó Cameron, “es extremadamente hábil en explotar las oportunidades para avivar los temores populistas sobre los refugiados y los inmigrantes”. Y tomó como ejemplo el referéndum de salida de Reino Unido de la UE y la presunta intromisión rusa en diferentes elecciones europeas favoreciendo a los candidatos de extrema derecha, contrarios a la integración continental.

La directora de la Cooperative Cyber Defence Centre of Excellence de la OTAN, Merle Maigre, valoró que Moscú “posee habilidades tecnológicas para distribuir ataques de denegación de servicio, invadir sistemas con trolls o manejar amenazas persistentes más avanzadas”.

La mayoría de los 13 especialistas consultados por Stretagic Europe consideran que el mayor riesgo en Europa es su fragilidad, lo que intenta aprovechar el Kremlin.

Ana Maria Kellner, consejera en política de defensa y seguridad europea en la fundación alemana Friedrich Ebert, lo explicó así: “Europa es el mayor peligro de Europa. El área más pacífica, próspera y democrática del mundo está a punto de desestabilizarse. El creciente populismo, combinado con el nacionalismo proteccionista, la rivalidad interna y la desconfianza crean vulnerabilidad frente a cualquier ataque”.

Rusia, puntualiza la experta, “no representa la más grande amenaza para los europeos, pero Rusia definitivamente sí se servirá de las debilidades y flancos abiertos de Europa” para satisfacer sus propios intereses geopolíticos.

Cascada de sanciones

Como respuesta a la anexión de Crimea y Sebastopol y la “deliberada desestabilización de Ucrania”, desde marzo de 2014 pesan cuatro paquetes de sanciones europeas sobre Rusia.

Las de orden diplomático, incluyen la suspensión de Rusia de las cumbres del G8 y la interrupción de las negociaciones tanto para el otorgamiento de visados a la UE como para la firma de un nuevo acuerdo bilateral. Además, la UE suspendió nuevas operaciones de financiamiento del Banco Europeo de Inversiones y de algunos programas de cooperación regional y bilateral.

Sin embargo, hay otras medidas de castigo cuya continuidad ha sido decidida por los Estados de la UE en el transcurso del último año, de tal modo que la próxima Copa del Mundo transcurrirá en un país, Rusia, sobre el que pesan múltiples sanciones europeas.

Apenas en marzo pasado, la UE decidió prolongar hasta el 15 de septiembre próximo las sanciones individuales contra 150 personas y 38 entidades, a las que se les congelaron sus activos en Europa y se les prohibió viajar a la región.

Medidas similares aplicó el pasado lunes 14 de mayo a cinco personas responsables del Comité electoral que organizaron en Crimea y Sebastopol los comicios presidenciales del pasado 18 de marzo, en los cuales Putin obtuvo 76% de los votos.

Con respecto a las sanciones económicas, la UE determinó en junio de 2017 que la prohibición a sus compañías de importar y exportar bienes y tecnología, ofrecer servicios turísticos o efectuar inversiones en ciertos sectores y proyectos de infraestructura en Crimea y Sebastopol se prolongarán hasta el próximo 23 de junio.

Y aplicó otras más contra Rusia a partir de diciembre último –que se ampliarán hasta el 31 de julio de este 2018– por recomendación del presidente francés Emmanuel Macron y la canciller alemana Angela Merkel. Ambos consideraron que el Kremlin sigue sin cumplir plenamente con los Acuerdos de Minsk para el restablecimiento de la paz en el este de Ucrania, donde el conflicto armado se ha cobrado la vida de más de 10 mil víctimas.

Entre las disposiciones se incluye la suspensión del comercio de armas y de bienes que pudieran servir para uso militar, limitar el acceso a los mercados de capital primario y secundario a ciertos bancos y compañías, así como al de algunos servicios y tecnología de producción y exploración petrolera.

No satisfechos con lo anterior, el 26 de abril último un grupo de eurodiputados exigió a los jefes de Estado y de gobierno de la UE que sincronicen sus medidas con aquellas recientemente adoptadas por Estados Unidos bajo la Ley para Contrarrestar a los Adversarios a Través de Sanciones.

Las medidas de Estados Unidos –enmarcadas en las investigaciones sobre el presidente Donald Trump y una conexión rusa durante las elecciones de 2016– han sido tan estridentes que han generado fuertes críticas por parte de la UE, principalmente del gobierno alemán y austriaco, que temen consecuencias negativas para sus propios intereses comerciales y estratégico.

En enero, Estados Unidos presentó una lista de 114 altos funcionarios –incluyendo al primer ministro Dmitri Medvédev y sus ministros de Exteriores y Defensa, lo mismo que a los líderes del Senado y la Cámara baja– y 96 multimillonarios, todos ellos cercanos al círculo de poder del presidente Putin, quienes podrían ser sometidos a sanciones futuras.

En marzo la administración Trump reiteró o aplicó nuevas medidas –por interferir en las elecciones presidenciales de 2016– contra 19 personas y cinco entidades, entre ellas la Agencia de Investigación de Internet y el Servicio Federal de Seguridad.

Europa ha advertido que esas sanciones dificultarán las relaciones trasatlánticas, pero también con Rusia, cuyo gobierno ha interpretado las sanciones estadunidenses como una “ruptura de facto”.

Y Europa por el momento no parece querer llegar a ese punto.

*Este reportaje fue publicado el 26 de mayo de 2018 en el suplemento especial Rusia 2018 de la revista PROCESO.

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