Pussy Riot: días de insurrección

María Aliójina.

BRUSELAS (apro).- Aquel 21 de febrero de 2012 -un día “lúgubre, nublado y frío”-, las integrantes del grupo de arte político ruso Pussy Riot, Nadezhda Tolokónnikova (Nadia), María Aliójina (Masha) y Yekaterina Samutsévich (Katia) se encontraron a la salida del metro Kropotkinskaya de Moscú, así llamado en honor al pensador anarquista.

La misión de las Pussy Riot: realizar en la muy turística Iglesia de Cristo Salvador, con otras activistas del colectivo, el hoy famoso performance de la “Plegaria punk”, en la que claman a la virgen María que se vuelva feminista y denuncian muy a su estilo la cercanía política del patriarca de la iglesia ortodoxa rusa, Michel Goundiaiev, con el presidente Vladimir Putin.

Eran las 11 de la mañana y la catedral estaba casi vacía.

Como lo habían previsto -ensayaron casi todos los días durante un mes en una gélida galería de arte-, el esposo de Nadia, haciéndose pasar por un extranjero que hablaba inglés, había logrado ingresar por los controles de seguridad una enorme mochila de excursionista con una guitarra eléctrica y un amplificador.

Para despistar, las jóvenes preguntaron a una cuidadora dónde podían colocar sus cirios, luego caminaron al frente de la iglesia ante la mirada ya inquieta de los guardias, para finalmente saltar la barrera que protegía al altar. Katia intentó conectar la guitarra, pero un hombre de la seguridad forcejeó con ella. Las demás se colocaron sus características capuchas de colores y efectuaron su acción artística, pero sólo parcialmente, con los vigilantes corriendo tras ellas intentando atraparlas.

El performance, que fue filmado, sólo pudo durar 40 segundos, antes de que fueran echadas de la iglesia, quedando confiscada la guitarra. Lo primero que hicieron fue huir… hasta que se dieron cuenta que nadie las perseguía.

Masha tomó después el metro y se dirigió a la escuela maternal a recoger a su hijo Phillip, de cuatro años.

Al siguiente día, dos agentes vestidos con chamarras de cuero se presentaron a su casa para detenerla, pero no pudieron hacerlo porque estaba con su hijo pequeño. Le hicieron firmar unos documentos en que se comprometía ir a la comisaría al día siguiente, a donde no fue porque decidió huir. En la mañana tomó su mochila y se despidió de su hijo que veía caricaturas. Le dijo que regresaría pronto, pero regresó dos años después.

El anterior episodio lo narra María Aliójina en un libro de reciente aparición en inglés y francés titulado “Días de insurrección”, el cual aún no está disponible en español.

En el volumen, la Pussy Riot relata -en forma de breves historias que van y vienen en el tiempo aunque guardan un hilo narrativo- el proceso de creación de la “plegaria punk” y los detalles de cómo lo llevaron a cabo, así como su fuga, su arresto y, sobre todo, su paso por tres diferentes centros de detención que terminó en una penitenciaria de alta seguridad para mujeres en los Montes Urales, un lugar que, por lo que describe, es una zona sin derechos y de abusos sistemáticos contra las reclusas.

Ahí permanecieron 16 meses María Aliójina y Nadezhda Tolokónnikova, hasta el 23 de diciembre de 2013 cuando fueron amnistiadas por el Parlamento ruso y liberadas.

“Si oyes a alguien hablar sobre el tratamiento humanitario de las mujeres en las prisiones rusas, es absolutamente mentira”, declaró Aliójina a la cadena de temas de género Broadly, del conglomerado estadunidense Vice, donde ella y otras activistas de Pussy Riot tuvieron una columna tras cumplir su condena.

A partir de su terrible experiencia con el sistema carcelario de su país, María y Nadia fundaron el sitio de noticias Media Zona, y financian el proyecto Zona Prava, que ofrece apoyo legal e información a prisioneros y abogados defensores.

En marzo próximo, Pussy Riot -que el 8 de noviembre estrenó su video Police State, en una estética musical y con una producción muy alejadas del underground del pasado- tiene programado ofrecer un concierto en la Ciudad de México dentro del Festival Vive Latino.

A continuación, unas pinceladas de las historias que incluye el libro de Aliójina a partir de su arresto en la capital rusa.

1.

Una mañana, una decena de policías consiguen capturar a María y a otras activistas cuando intentaban ingresar al metro. Aliójina fue encerrada en una célula de un sucio centro provisorio de detención en el centro de Moscú, donde no se podía estar más de una semana. Se declaró en huelga de hambre por haber sido detenida ilegalmente. No podía dormir por efecto del hambre. La ventana de su celda estaba reforzada con un alambrado tan espeso que no dejaba pasar la luz. Prefería la vista del techo.

2.

Un policía la mandó llamar. Le preguntó si le podía llamar Masha. Ella, cansada, no respondió, y en su lugar enderezó la cabeza para recargarse sobre el muro. El agente le recordó que ella tenía un hijo; le preguntó si no deseaba salir libre.

Le propuso un acuerdo: si ella le daba los nombres de las otras integrantes de Pussy Riot, a cambio el tribunal podría favorecerla con una detención domiciliaria. Ella le pidió un cigarro y, después de varias bocanadas, solicitó que viniera un guardia para conducirla a su célula.

3.

Tras la primera audiencia, María y Nadia fueron transportadas enjauladas dentro de una camioneta policiaca al único centro de detención para mujeres de la capital rusa, un “edificio inhumano de ladrillos amarillos” ubicado en una zona industrial en la periferia de Moscú. Llevaban sus pocas pertenencias en unas “miserables” bolsas de plástico.

Después de una semana sin probar alimento, ambas estaban pálidas, tenían unas enormes ojeras y sus ojos estaban hinchados. Apenas podían estar de pie. Las llevaron a las duchas, mugrientas y con los muros llenos de moho.

4.

Una comisión de dos defensores de derechos humanos la visitó. Los carceleros, que filmaban, estaban nerviosos. Los visitantes le preguntaron a María si tenía reclamaciones. Los guardias, discretos, comenzaron a mover sus cabezas a espaldas de los visitantes para advertirle que más le valía decir que no. Sonrieron cuando contestó negativamente, pero de inmediato añadió que, sin embargo, sí había algunos puntos muy molestos que quería señalar.

Se quejó de que no habían sido aún juzgadas y que su culpabilidad no había sido establecida, y que no debían vivir en “celdas glaciares”, cuyas fisuras en los muros tenían que rellenar con bolitas de migajas de pan, lo que constataron los defensores. Una celadora comentó que era un “sacrilegio” desperdiciar el pan en eso.

María denunció que a causa del frío tenían que dormir vestidas sobre colchones andrajosos y sin relleno y que, incluso, su compañera de celda, a quien le habían quitado sus lentes y no veía nada, tenía que doblar su colchón en dos y dormir en una superficie de medio metro, además de que habían sido levantadas ese día con gritos e insultos de los guardias. Al día siguiente, ambas recibieron nuevos colchones y la compañera de María sus anteojos.

5.

El procurador visitó la cárcel. Las mujeres se pusieron en hilera. Les preguntó si todo estaba en orden. Respondieron que sí. María fue luego llevada tras una puerta metálica y el visitante le volvió a preguntar si todo era satisfactorio. Ella le comentó que cada jueves en el corredor las mujeres debían presentarse desnudas, frente a una carcelera y un doctor, para una inspección humillante. El procurador pareció sorprenderse; cambió su expresión. Preguntó si había algún otro problema.

María se quejó de la biblioteca, que se conformaba de unas cuantas novelas rosas en una caja de cartón. Cuando él se fue, María fue transferida a otra célula, la 210, donde estaban encerrados prisioneros sospechosos de delitos económicos graves, expolicías o delatores, que requerían mayor vigilancia. Ahí pasó seis meses.

6.

En una sala de interrogatorio, sonriente, un agente de policía le informó que tenía “noticias”: una tercera integrante de Pussy Riot, Katia, había sido detenida durante una cita para rendir su declaración en una comisaria. Ella le preguntó si se había desplazado hasta la prisión sólo para decirle eso. Con una expresión “siniestra y sombría” le comentó que ahora lo mejor era que se declarara culpable. ¿De qué?, del “crimen”, respondió él. María insistió en negar su culpabilidad.

Sentado, el agente se acercó hacia la joven y en voz calmada le dijo que había otra cosa: la policía había ido a la escuela de su hijo y había tenido una “discusión” con el profesor. Sobre la mesa había unas hojas blancas. Como no es fácil admitir un crimen, prosiguió el hombre, había que hacer una confesión simple, comenzando por aceptar que ella había estado en el lugar de los hechos. Para comenzar y para terminar, respondió tranquilamente María, apoye el botón rojo para llamar al guardia.

7.

Durante el juicio, el abogado de las Pussy Riot llamó a declarar a sus testigos. El fiscal, el mismo que había acusado anteriormente a unos artistas por una exposición intitulada “Cuidado. Religión”, expresó su objeción y solicitó que los testigos fueran rechazados. El juez preguntó si “todos”, lo cual asintió el fiscal.

El juez les prohibió el acceso a la sala de audiencia y ordenó a las fuerzas especiales que custodiaban que evacuaran a los que ya estuvieran presentes. Uno de los testigos fue empujado por las escaleras y golpeado en los riñones.

8.

El 17 de agosto de 2012, María y Tania fueron condenadas a dos años de prisión y deportadas en tren, en un trayecto que duró un mes, a la temida colonia penitenciaria de Perm, aislada totalmente en los Montes Urales en medio del rudo clima frío del norte. María recuerda que en esa región se encontraban los gulags (campos de trabajo forzado) y los últimos centros para disidentes soviéticos.

9.

Mientras María hablaba con su abogada, su celda fue registrada: comida, papeles y libros estaban tirados en el suelo por todos lados. Una vigilante, que la acompañaba a todas partes, la fue a buscar para que contestara una llamada telefónica en una pequeña pieza, y también para ver su cara tras percatarse del registro. Un amigo le preguntó en el teléfono cómo iba, si hacía falta enviarle algo.

La vigilante la miraba impacientemente y daba golpecitos con los dedos sobre la mesa. Estaba cansada de irla a buscar todos los días para que contestara el teléfono, harta de la gente que le enviaba paquetes, de las visitas de su abogada, de tener que leer “kilómetros” de cartas que recibía con poesías y que ella no transmitía a su destinataria. Di a la prensa que los carceleros me encierran en mi célula, pidió María a su amigo. La llamada fue de inmediato cortada.

La vigilante se lanzó precipitadamente hacia ella para gritarle que estaba “completamente loca” y que podía ser acusada de difamación y ganarse otra condena. ¿Dónde están mis cartas?, le preguntó María a manera de respuesta.

*Esta columna Europafocus fur publicada el 29 de noviembre de 2017 en el portal de la revista PROCESO. Aquí puedes leer el texto original✔.

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