Laibach en Corea del Norte

Corea del Norte se abre al rock

Nombrado interlocutor oficial entre la rica Noruega y “el reino del terror” de Corea del Norte, el artista escandinavo Morten Traavik logró lo inimaginable: que el rock con guiños fascistoides de la famosa banda eslovena Laibach sonara en el Ponghaw Art Teathre de la capital norcoreana Pyongyang, el mes pasado. He aquí la historia contada por este “aventurero realista”, quien ya juega con presentar en tierras del Gran Líder Kim Jong-un a otro conjunto punk de Occidente, como Ramones.

BRUSELAS.- El artista noruego Morten Traavik, quien llevó al grupo eslovenio Laibach a un concierto histórico por la capital de Corea del Norte, explica:

“No necesité ser Albert Einstein para tener la idea de hacerlo. Su estilo visual, artístico y musical es muy cercano al universo de la propaganda del régimen norcoreano”.

Traavik refiere a Proceso que “la presentación ante mil 500 personas de la banda eslovena Laibach, el 19 de agosto pasado en el Ponghwa Art Theatre de la capital Pyongyang, captó una enorme atención mediática internacional”.

“Para un grupo como Laibach era un deber aceptar esa invitación de Corea del Norte. Fue un paso lógico: un intercambio profesional de conocimiento político y cultural”, señaló la banda en respuesta a un cuestionario que les envió este semanario por correo electrónico.

–La prensa occidental cuestionó duramente su gira en Corea del Norte, considerado el país más autoritario del mundo.

–Son disparates. El país más autoritario del mundo es Estados Unidos y hemos realizado giras allá, la última el año pasado justo antes de viajar a Corea del Norte. ¿Qué nivel de autoritarismo sería el tolerado para poder ir a tocar?

–¿Están satisfechos del resultado del concierto en Pyongyang?

–Muy satisfechos.

Una segunda fecha al día siguiente fue cancelada de último minuto. La explicación oficial fue que surgieron “problemas técnicos” que impidieron transportar el espectáculo a la otra sala de conciertos, donde tendría lugar.

En junio, la disquera inglesa a la que pertenece Laibach desde 1987, Mute Records, presumió que su artista “sería la primera banda en su tipo en presentarse en la hermética Corea del Norte”, a la que describió como “un aislado Estado acuartelado bien conocido por sus marchas militares, sus actos gimnásticos masivos y sus himnos al Gran Líder Kim Jong-un (nacido Pyongyang hacia 1983), así como por su desafiante resistencia a la cultura popular occidental”.

Prácticamente todos los medios globales reportaron la noticia. La principal televisora comercial de Eslovenia, Pop TV, incluso trasladó a Pyongyang un equipo especial (autorizado y controlado por el régimen norcoreano) que transmitió “en exclusiva”, y durante una semana, reportajes y crónicas sobre los pormenores de ese “histórico” evento.

La gira del grupo –que se efectuó con el patrocinio del gobierno de Noruega, en el marco del septuagésimo aniversario de la liberación norcoreana de la ocupación japonesa— fue materia de gran controversia.

Estética nazi

Laibach nació en 1980 en el underground cultural de Yugoslavia comunista.

Ubicado musicalmente en el género “industrial” (yendo de sonidos más experimentales en sus comienzos, a tendencias más electrónicas que explora actualmente), Laibach fundó con creadores de otras disciplinas el Neue Slovenische Kunst, o “Nuevo Arte Esloveno”. Este colectivo de arte político se caracteriza por la reapropiación y la reinterpretación que hace de los símbolos y del imaginario estético de los regímenes totalitarios.

Hasta finales de los años 80, previo a la independencia de Eslovenia en 1991, las presentaciones de Laibach –en las que sus integrantes portan uniformes tipo nazi y brazaletes con cruces negras—estuvieron prohibidas en ese país. El grupo tampoco pudo usar en público el nombre de Laibach, como rebautizó Hitler a la capital eslovena, Liubliana, durante la ocupación alemana en la Segunda Guerra Mundial.

Considerados fascistas por unos, los numerosos miembros que han pasado por el grupo alcanzan, para otros, estatus de artistas iconoclastas. En todo caso, después de 35 años de carrera, la aportación de Laibach y el NSK al arte europeo de vanguardia es cada vez más reconocida por círculos culturales oficiales de la región.

En México, la agrupación –que se presentó en el DF en 2008– cuenta con numerosos seguidores desde mediados de los 80, cuando su música comenzó a ser tocada en lugares alternativos de la capital como el extinto Tutti-Frutti, o dentro de la programación de estaciones marginales como Estéreo Joven, del Instituto Mexicano de la Radio.

Por decisión de las autoridades norcoreanas, Laibach interpretó durante 50 minutos 10 canciones, casi la mitad de su repertorio original, y tuvo que modificar las imágenes que proyectó en pantallas gigantes. A ese respecto, Ivan Novak, el director artístico de la banda, comentó en televisión: “Por más que se le quiera censurar, Laibach seguirá siendo Laibach. Corea del Norte es una utopía experimental, un Estado utópico, y nos sentimos muy bien en cualquier tipo de utopía”.

El grupo abundó en ese punto a solicitud de Proceso: “Por supuesto que tuvimos que modificar nuestro programa. Y claro que hubo censura de Pyongyang, lo sabíamos antes de ir. Pero ninguna censura puede hacer daño a Laibach: entre más censura, más Laibach obtienes. Eso pasó en los años 80 y eso ocurrió nuevamente con el concierto norcoreano”.

Temor norcoreano

Traavik, un artista de 44 años que también ha generado polémica en la prensa internacional desde que en 2011 comenzó a realizar proyectos culturales con Corea del Norte (como la producción de un disco de covers del grupo ochentero electro-pop noruego A-ha, con la popular rola mundial Take on me, interpretada por acordeonistas norcoreanos), narra a Proceso la historia detrás del concierto.

Su primer contacto con el grupo tuvo lugar hace dos años, cuando éste lo invitó a dirigir el video de la canción The Whitlerblowers, de su más reciente álbum Spectre (Espectro).

“Yo ya era fan de Laibach y acepté gustoso. Quedamos muy satisfechos con el resultado. El video tuvo buena distribución y se presentó en festivales europeos. Así que decidimos seguir trabajando juntos”.

Hace un año propuso al gobierno de Pyongyang el concierto con Laibach. El proyecto, asegura, fluyó desde el principio:

“Les dije: ‘tengo una banda que no es solamente un grupo de música, también son artistas visuales. Creo que sería benéfico para Corea del Norte invitarlos, para mostrar que no son un país tan cerrado al mundo exterior como lo sugiere la narrativa mediática occidental”.

Pyongyang aceptó su propuesta y comenzaron los preparativos. Pero surgió una “gran dificultad”, relata Traavik:
“Nosotros anunciamos el concierto antes del verano (en junio), y rápidamente la noticia dio la vuelta al mundo. Resulta que muchos medios enfatizaron en sus notas aquellas acusaciones de los años 80 contra Laibach”.

–¿Acerca de su imagen?

–Sí, sobre sus uniformes y su imagen en general. Algunos no han entendido a Laibach y la acusan de banda profascista. Por supuesto, para los periodistas fue muy atractivo enfocar sus notas sobre ese aspecto: “Banda profascista toca en Corea del Norte”.

Dicha circunstancia alarmó al régimen norcoreano. “No querían que se asociara a su país con un grupo fascista”, comenta Traavik, y confiesa: “la preocupación de los oficiales norcoreanos fue tal que estuvieron a punto de cancelar la gira”.

–¿En serio?

–Le voy a decir una cosa: este concierto generó tanta controversia al exterior como al interior de Corea del Norte, que dentro del régimen se debatió mucho acerca de la conveniencia de realizar este evento.

“La presentación de Laibach nunca se hubiera llevado a cabo si yo, como artista, no hubiera desarrollado antes cuatro o cinco grandes proyectos con colegas norcoreanos. Fue importante haber tejido una relación de confianza de ambos lados. Luego de trabajar en Corea del Norte con la gente que toma decisiones, uno puede expandir los límites un poquito más”.

El entrevistado recuerda que los norcoreanos se empezaron a quejar de que Laibach era exhibido en la prensa internacional como un “grupo fascista” que portaba uniformes militares.

“Yo les respondía: ‘No son fascistas. Observa lo que ocurre en tu propio país: aquí siempre visten uniformes y los medios occidentales los tildan de tener un régimen nazi. Laibach y ustedes son víctimas de la misma incomprensión’. Ese fue un argumento que entendieron muy bien”.

Aliado noruego

La actuación de Laibach en el Ponghwa Arts Theatre –en el que vistieron atuendos tradicionales de Corea— estuvo acompañada de un sobrio espectáculo de luces y de video proyectado en pantallas gigantes, según se pudo apreciar por las pocas imágenes difundidas.
En la parte superior del escenario, un tablero electrónico vertical traducía simultáneamente al coreano las letras de las canciones.

Traavik afirma que la producción del concierto no tuvo un costo fuera de lo normal. El lugar disponía de casi todo el material técnico que se requería y únicamente debió transportarse equipo específico como sintetizadores o micrófonos. Y precisa: “Sumando los gastos de preparación de un año, que incluyen un par de viajes previos que realicé a Corea del Norte, y los de la gira en sí, el transporte, el alojamiento, etcétera, el costo total del proyecto fue de 100 mil euros (casi un millón 900 mil pesos mexicanos)”.

Traavik estudió dirección de teatro en Suecia y Rusia. Su prolífica obra, calificada como arte intervencionista, es tan provocadora como la de Laibach.

En Angola y Camboya llevó a cabo concursos de belleza con mujeres mutiladas por minas terrestres; en 2010 recubrió, con un preservativo de siete metros de largo (fabricado en China), un misil nuclear de la OTAN, que presentó en el museo del ejército noruego en Oslo. Y en 2012 presentó al mismo tiempo en Corea del Norte y Estados Unidos una instalación multimedia Power Games (Juegos de poder), que incluía un video donde muestra una acción masiva de 220 soldados fronterizos noruegos, formando con imágenes individuales un mosaico humano del rostro de un bebé. Ese ejercicio fue idea de Traavik y lo prepararon dos instructores norcoreanos.

El gobierno noruego reconoce oficialmente al artista como interlocutor cultural con las autoridades de Corea del Norte, y sus proyectos suelen recibir financiamiento estatal. En marzo pasado el Consejo de las Artes de Noruega (una instancia gubernamental) decidió otorgarle subvenciones por un valor de un millón 300 mil dólares (alrededor de 21 millones 600 mil pesos) los próximos tres años. Ello causó disgusto entre algunos parlamentarios, al considerarlo un mal uso de los fondos públicos porque “fortalece el reinado de terror” norcoreano.

Cuestionado sobre sus motivaciones, Traavik responde de inmediato que su misión no es promover “como tal” a Corea del Norte.

“Me tiene sin cuidado su sistema. Lo que sí me importa desde una perspectiva humanista es que más gente pueda vivir de una mejor manera, y para que eso ocurra necesitamos pragmatismo y no ideología”, explica. Y prosigue: “He estado 15 veces en Corea del Norte. Conozco muchos artistas de allá y he trabajado con la estructura del régimen. Estoy convencido que el país sufre un trato muy injusto en el contexto político global. No digo que no sea un Estado represor, no hay duda que lo es y no respaldo para nada su sistema político”.

Pero matiza: “Corea del Norte es un ejemplo de la hipocresía y el uso de dobles raseros de Occidente. Hay países mucho más represivos y ‘malévolos’, a los que los países occidentales entregan cientos de millones de dólares en todo tipo de ayuda militar y económica”.

–¿Considera que sus proyectos culturales con Corea del Norte han aportado algún cambio en el país?

–Soy un aventurero, pero también soy realista. No creo que mis proyectos u otros activarán cambios políticos. Eso no sucede en ningún lado.

“En los medios occidentales se exigen cambios rápidos y unidimensionales de parte de Corea del Norte. Pero tenemos que pensar a muy largo plazo para poder esperar cambios en la mentalidad, en la percepción y en la visión del mundo, y eso debe ocurrir en ambos lados”.
En su opinión, la actuación de Laibach cumplió un papel modernizador en Corea del Norte al presentar un concepto artístico “nuevo” allá. Señala que fue falso lo que publicaron algunos periódicos estadunidenses y europeos, en el sentido de que el público sólo eran altos burócratas y militares. Asevera que “en su mayoría fueron artistas y gente del ministerio de cultura capaz de apreciar la propuesta de Laibach”. Remata: “Creo que muchos lo detestaron…¡Pero mucha gente odia a Laibach y no sólo en Corea del Norte!”.

–¿Propondrá al gobierno norcoreano otros conciertos de “música occidental”?

“No quiero convertirme en una especie de ‘combatiente de la libertad’ que insiste para que Corea del Norte le tome gusto al rock and roll. No creo que sea la respuesta que necesita el país. Pero tengo que confesar que recibí un correo electrónico del representante de Marky Ramone (baterista del legendario grupo punk neoyorquino Ramones). Está interesado en tocar en Corea del Norte.

“Veremos qué pasa… pero si Marky es el único que sigue vivo de los Ramones, ¡entonces sí que está listo para tocar en Pyongyang!”.

*Este reportaje fue publicado el 26 de septiembre de 2015 en la revista PROCESO.

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