Niños en el metro. Foto: Pindactica

Entre suburbans y el metro de Berlín. Por Yaotzin Botello*

Niños en el metro. Foto: Pindactica
Niños en el metro. Foto: Pindactica

YaotzinUn día escuché una plática entre dos mujeres mexicanas en Berlín. Madres. Casadas con diplomáticos. Por cierto, una muy buena especie a analizar por la sociología moderna.

Escuché que las dos estaban hablando de las cosas que odian en Alemania, una plática recurrente entre ellas. De repente, tocaron un punto que nunca había escuchado: las madres alemanas son malas con sus hijos. Malísimas. No merecían ser madres. La razón que dieron estas dos chicas venidas a señoras en operación “fast track”, fue que las mamás alemanas son descorazonadas al dejar a sus hijos chiquitos solos.

Los dejan salir a la calle y andar en el metro solos.

El diálogo quedó en mi imaginario máomeno así:

– Ay, ¿qué crees comadre? Que la otra vez vi cómo la Petra mandó a sus hijos solos a la escuela.

– Nooooooo. ¿Neta?

– Neta. Los dos pobres peques salieron de la casa y que de repente la Petra les cierra la puerta. Los dos niñitos estaban temblando de frío y como que no sabían a dónde ir.

– ¿Y no les ofreciste un aventón?

– Noooo, ¿cómo crees? Y pa qué quiero que luego la Petra me esté gritando. O peor: que me mande a su marido a que me diga de cosas. No sé qué le ve a ese naco güero.

– Bueno, ¿y luego?

– Pues alcancé a ver que los niños se fueron hacia el metro. Pobres. Iban cargando esas mochilotas en la espalda. Apenas si pueden con ellas. Y luego tienen que irse solitos hasta la escuela en metro con todos esos extraños. Noo, pobres criaturas, de verdad. A esa mujer deberían de quitarle a sus hijos.

Es verdad que a los niños se los ve rondando así en Berlín. Y creo que en cada otra ciudad alemana. La otra vez me subí al metro muy temprano –normalmente no lo hago-, y había varios niños solos por todos lados. Niños de entre 8 y 15 años. Chiquitos y menuditos, y más grandes, pero todos niños. Como si fuera la hora pico infantil.

Niños en el metro es una imagen que hace ruido, sobre todo cuando uno viene de México. Personitas con las que hablas en casa de héroes y superhéroes, con quienes juegas al Xbox, cantas las nuevas bandas de música pop, y comes hamburguesas, de repente están solas en el metro conviviendo con algunos de los peores conceptos: anonimidad, porque uno se enajena en las hordas de gente; inseguridad, por asaltos, violaciones o secuestros; perversión, por los tocamientos de otros; suciedad, por todo lo que toca y exhala toda la gente; tentación, por todo lo que la publicidad trata de venderte, consciente o subliminalmente; y dependencia tecnológica, por un acentuado uso de los teléfonos o videojuegos portátiles al estar solo. Ese espacio vital que hasta ahora para mí había sido concebido para los adultos y usado sólo por ellos, estaba invadido por infantes.

En el momento que me tocó vivir, vi a niños jugando con sus teléfonos, escuchando música, encontrándose con otros amigos en cada estación de metro que pasábamos. Otros se quedaban con los ojos fijos a los pordioseros, a los adultos raros y estresados. Otros más se hacían mueble junto con el armario de mochila que cargaban en los hombros.

¿Es malo lanzar a un niño así al mundo real sin la mano de su mamá? ¿es malo que vayan por los caminos que alguna vez tendrán que recorrer por otros motivos? ¿es malo esto si se toma en cuenta que Berlín, ni ningún otro pueblo alemán no es igual de inseguro y mimado que México?

Cuando veía todo ese mundo infantil me llegaban las imágenes de esas señoronas mexicanas que se estacionan no en primera ni en segunda, ¡sino en tercera fila!, con sus camionetas tipo tanque con espacio para diez pero con sólo dos personas adentro para dejar a sus querubines en la escuela. Esas mamás que por ir manejando a prisas, mentándole la madre al de enfrente, pitando el claxon, no le ponen atención a sus hijos. Esas mamás que nunca irían caminando a la escuela porque o está lejos, o las calles son inseguras por el tráfico a toda velocidad de esa hora, o porque simplemente mover el cuerpo va en contra de sus rutinas.

Las diferencias son enormes, sí. Y en ambos lados hay ventajas y desventajas, pero si yo volviera a ser niño preferiría crecer como un rudo berlinés antes que un temeroso defeño.

 
*Productor de la Deutsche Welle en español en Berlín. Texto publicado en el blog Berlín Culminante el 24 de septiembre de 2014.

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