OPINIÓN: Diplomáticos mañosos. Marco Appel en Cuadernos Doble Raya

Cartón de Viktor Kazanevski (Ucrania)

Mentir o excluir a periodistas, aplicar contra ellos chuscas técnicas de bloqueo físico, o reducir el impacto de las críticas con eventos sociales, son métodos que utilizan algunos diplomáticos mexicanos que así sueñan con mejorar la imagen de un país que ellos mismos han contribuido a hundir con su propia conducta. Van algunas anécdotas.

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[pullquote align=”right”]Artículo de opinión publicado el 4 de febrero de 2014 en el sitio Cuadernos Doble Raya[/pullquote]

“¡Ya déjala! ¡Ya déjala!”, exigía el funcionario de la embajada mexicana al periodista, que sólo quería acercarse y cuestionar a la entonces secretaria de Relaciones Exteriores, Patricia Espinosa, quien acababa de hablar ante el Comité de Medio Ambiente del Parlamento Europeo sobre lo bien que había resultado la cumbre climática de diciembre de 2010 en Cancún.

Era el 16 de marzo de 2011. El sitio Wikileaks había desclasificado cables del Departamento de Estado estadunidense en los que su embajador en México, Carlos Pascual, criticaba al Ejército y al presidente Felipe Calderón, además de pronosticar un mal resultado para el PAN, su partido, en las elecciones de 2012 (como ocurrió). Los partidos mexicanos protestaron y algunos legisladores pidieron la destitución de Pascual. En ese contexto de tensión en las relaciones con Estados Unidos, la secretaria Espinosa tenía pendiente una comparecencia en el Senado mexicano al día siguiente para exponer la posición del gobierno.

Espinosa había intervenido en Bruselas, como oradora principal, en un seminario económico auspiciado por la organización Friends of Europe. Sin embargo, los periodistas no pudimos acceder a ella porque la secretaria salió corriendo del lugar.

Esa misma tarde, por puro azar, me enteré con un colega que la embajada mexicana había invitado a varios corresponsales extranjeros y a la agencia Notimex a entrevistarla. Resulta que un funcionario de la Comisión Europea nos comentó, mientras tomábamos café con él, que un corresponsal inglés le acababa de platicar que lo habían invitado a entrevistar a Espinosa en la embajada mexicana.

Debo admitir que no me sorprendió, pues ya es una costumbre que los políticos mexicanos que visitan las instituciones de la UE en Bruselas concedan entrevistas sólo a Notimex y algunos colegas de medios y agencias internacionales como la española EFE o la francesa AFP. Nuestras autoridades consideran que a través de ellos pueden transmitir mejor el discurso oficial y capotear los temas sensibles relacionados con la guerra contra las drogas o las violaciones a los derechos humanos.

Patricia Espinosa habla ante el Comité de Medio Ambiente del Parlamento Europeo

En fin, la última posibilidad para intentar conversar con la escurridiza secretaria Espinosa era abordarla tras su intervención en una sala del Parlamento Europeo, en donde sí podemos ingresar los corresponsales acreditados.

Francamente, vista desde atrás, la escena fue algo cómica y muy patética. Espinosa sale de la sala caminando de prisa sobre un ancho pasillo y rodeada de asesores suyos y de la embajada, quienes se compactan alrededor de la secretaria cuando un colega trata de acercarse a ella. Un consejero de la embajada, Alberto Glender (actualmente en la representación en Líbano), lo bloquea con el hombro. Lo vuelve a hacer, ahora más bruscamente. Desestabiliza al periodista, que le exige: “¡Déjame hablar con la secretaria!”. Adelante del grupo, la embajadora Sandra Fuentes-Beráin (actualmente cónsul general en Nueva York) ve lo que pasa y decide mejor alejarse.

Espinosa ordena que lo dejen plantear sus preguntas. La comitiva sigue avanzando apresuradamente hacia la salida del parlamento. Glender y otros funcionarios siguen estorbando al colega, que quiere saber lo que la secretaria dirá en su comparecencia en el Senado. Ella contesta que Pascual se mantiene como interlocutor para el gobierno de México. “¡Ya déjala! ¡Ya déjala!”, clama molesto el funcionario-guardaespaldas sin quitarse de en medio. La secretaria pasa los controles de salida, sube a un reluciente automóvil negro de la embajada y se va.

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“La exposición no tiene nada que ver con México”. El embajador me está queriendo ver la cara, pensé, pero me quedé callado. “Aborda el tema de la violencia de manera general”, insistió, muy seguro de lo que decía.

Era un día de octubre de 2010 y Marisa Polin me acababa de dejar cerca de la estación de trenes de La Haya para regresar a Bruselas. Veníamos de ver juntos su reciente obra pictórica, expuesta en el museo World Art de Delft. Lo que vi fueron lienzos con imágenes terribles inspiradas en la violencia de la guerra mexicana contra el narcotráfico: ejecutados, secuestrados, un descabezado, o ese hombre obeso en plena sesión de tortura, que incluía el grabado sangriento con un objeto punzocortante de una letra “Z” en el pecho (en referencia al cártel de Los Zetas). Era incuestionable que el embajador mexicano en Holanda, con quien hablaba por celular, mentía de forma descarada.

El Jefe, obra de Marisa Polin

“Vengo de la exposición”, le aclaré al entonces embajador Jorge Lomónaco (quien después fue embajador en Suecia y desde diciembre último lo es ante los organismos internacionales de Ginebra, Suiza). Describí rápidamente el cuadro del torturado y otro del político Diego Fernández de Cevallos: un retrato de aquella conocida fotografía tomada por sus captores durante su aún misterioso secuestro (entre mayo y diciembre de 2010), donde aparecía con los ojos vendados, despeinado, la barba crecida y el torso desnudo, sosteniendo de frente al espectador una revista Proceso donde sale él en la portada, elegantemente vestido.

Descubierto infraganti, a Lomónaco lo único que se le ocurrió fue denostar el trabajo de Polin: dijo que su exposición había pasado desapercibida, y que, como prueba, en Holanda no había sido publicada ninguna nota periodística al respecto (por cierto, en una entrevista, publicada el 10 de enero en el diario mexicano Excélsior, afirmó ufano que “la inseguridad y el combate al narcotráfico y las consecuencias que tuvo sobre la paz en el país, no es un tema demasiado relevante en Ginebra”).

Meses antes, en enero de 2010, el entonces presidente Felipe Calderón había instruido a sus diplomáticos para que “hablaran bien de México”, en un intento ridículo por acabar con la imagen negativa del país en el exterior, que generó su improvisada cruzada contra el crimen organizado, la cual, se estima, dejó más de 80 mil muertos y al menos 20 mil desaparecidos, además de un dramático panorama en el campo de los derechos humanos.

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“¡Muchas gracias por la comida de ayer, embajadora, estuvo estupenda!”, expresó a Sandra Fuentes-Beráin el eurodiputado portugués Luis Manuel Capoulas, que había pedido la palabra en la sesión de la Delegación en la Comisión Parlamentaria Mixta México-UE, (delegación para México del Parlamento Europeo), que se celebró el 8 de diciembre de 2011.

Tal reunión, dedicada a la situación de los derechos humanos en el país, tocaba temas sensibles para la diplomacia mexicana: los asesinatos de periodistas, para el que se había invitado a participar a Gustavo Salas Chávez, fiscal especial de la Procuraduría General de la República para la Atención de Delitos Cometidos contra Periodistas; los feminicidios, el que expondría Dilcya García Espinoza de Monteros, presidenta de la Comisión Nacional para Prevenir y Erradicar la Violencia contra la Mujer; y el asesinato del activista finlandés Jyri Jaakkola y la situación en San Juan Copala, Oaxaca, donde fue acribillado en abril de 2010 por un grupo paramilitar ligado al entonces gobernador Ulises Ruiz: la eurodiputada verde alemana Franziska Keller presentaría un reporte crítico del último viaje que había realizado a México junto con su compañera finlandesa de partido Satu Hassi.

El entonces jefe de la Unidad para México del Servicio Europeo de Acción Exterior, el griego Petros Mavromichalis, también intervendría, y los eurodiputados tendrían oportunidad de preguntar a los funcionarios invitados y debatir sus respuestas.

Pero nada de eso sucedió. Tras las explicaciones oficiales, los pocos eurodiputados que asistieron pedían hacer uso de la palabra, principalmente, para agradecer a Fuentes-Beráin, sentada en el estrado de oradores a lado de los funcionarios, la “buena comida mexicana” que les había ofrecido el día anterior.

Una eurodiputada española incluso agregó que ella ya no tenía “nada qué preguntar” a los funcionarios mexicanos, simplemente porque durante la cena había podido platicar con el fiscal Salas, quien, dijo, había aclarado todas sus dudas.

La eurodiputada verde alemana Ska Keller

Desactivados los riesgos, la sesión transcurrió sin sobresaltos para los diplomáticos mexicanos, que únicamente debieron responder a la eurodiputada Keller (presente en la sala), ayudados por el presidente de la delegación, el español Ricardo Cortés Lastra, que hizo hincapié en el apoyo y la transparencia con que actuaba México frente a las demandas de información de parte del Parlamento Europeo en materia de derechos humanos.

Al final, en una charla informal, Capoulas me lo confirmó: la embajada mexicana había invitado a comer y beber a varios eurodiputados con motivo de la visita de los funcionarios mexicanos, quienes horas después, se suponía, serían cuestionados por aquellos. Pero ahí, entre tequilas, margaritas y coronas, la diplomacia mexicana había hecho su trabajo. Por el bien del país y de su imagen exterior, claro.

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