ANÁLISIS: Cooperación México-UE, en una encrucijada. Profesor Luis Antonio Huacuja (UNAM)

Luis Antonio Huacuja es responsable del Programa de Estudios sobre la Unión Europea (European Union Information Centre)  de la Coordinación de Posgrado de la Facultad de Estudios Superiores Acatlán de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Es profesor de Derecho Comunitario en el Posgrado en Derecho de la UNAM y coordinador del Diplomado en Instituciones de Derecho Comunitario Europeo en la misma facultad. Cuenta con un posgrado en Unión Europea por el College of Europe. El siguiente texto fue publicado en el libro Las relaciones México-UE en el marco del Acuerdo Global y la Asociación Estratégica: un balance desde la sociedad civil que publicó un grupo de organizaciones mexicanas con el apoyo financiero de la UE. Europafocus reproduce algunos fragmentos con autorización del autor.

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El Acuerdo Global entre México y la Unión Europea (UE) es un instrumento internacional rico en posibilidades, pero pobre en resultados. México suscribió el acuerdo con el bloque europeo cuando este contaba con quince países miembros. Hoy, hablamos de la UE de los 27 y, a partir de julio de 2013, con la incorporación formal de Croacia, lo será de 28 Estados miembros, todos ellos socios comerciales potenciales para el intercambio de bienes y servicios con nuestro país.

Sin embargo, y de acuerdo con la información disponible del Sistema de Información sobre Comercio Exterior de la Organización de Estados Americanos (OEA), cerca del 96% del intercambio comercial de México con la UE se concentra apenas en siete países y más del 93% de la inversión procedente del bloque europeo se limita a seis de las 32 entidades federativas con que cuenta la República Mexicana.

A doce años de la entrada en vigor del Acuerdo de Asociación México-UE, apenas aprovechamos sus posibilidades comerciales con una cuarta parte de los países que conforman el bloque comunitario. La ampliación de la UE hacia Europa Central y del Este, que podría representar una oportunidad interesante para México en su interrelación con países de renta media, ni siquiera ha despertado el interés del empresariado mexicano.

Pero si los resultados del apartado comercial del Acuerdo, que representa el eje más sólido de la relación bilateral entre México y la UE, son poco alentadores, los logros en materia de diálogo político y cooperación tampoco son precisamente halagüeños.

Del diálogo político entre México y la UE no hay mucho qu é decir, más allá del interés momentáneo que despertó el hecho de que México fue considerado en 2009 como “socio estratégico” de la UE. La concertación política entre ambas partes en la escena internacional ha tenido sus altibajos. Más allá de las coincidencias en rubros específicos como la lucha contra el cambio climático, ha habido también evidentes contradicciones, como la innecesaria y vergonzosa confrontación en el seno de la Organización Mundial de Comercio (OMC) con motivo de las injustificadas cuotas compensatorias impuestas por México al aceite de oliva europeo, que culminó con la condena a nuestro país por el Órgano de Solución de Diferencias de dicha organización; la incómoda candidatura de Agustín Carstens, impulsada con especial ahínco por el gobierno mexicano para dirigir, en plena crisis económica europea, los destinos del Fondo Monetario Internacional (FMI), o la embigüedad del gobierno mexicano frente al golpe de Estado en Honduras, o bien, su indefinición frente a la independencia de Kosovo una vez declarada legal por la comunidad internacional, que contrastaron con la posición europea, son muestra de lo que parece una sobrevalorada “asociación estratégica” que ha dado resultados poco claros y cuyo desempeño ha sido más bien intermitente.

El escenario reciente en el entorno bilateral México-UE también ha sido motivo de preocupación, especialmente para la parte europea. El entonces presidente electo de México, Enrique Peña Nieto, omitió, en su gira por Europa, en octubre de 2012, visitar Bruselas; la reunión del Comité Conjunto UE-México, programada inicialmente para finales de ese mismo año, tuvo que aplazarse para el año siguiente. De manera inédita, se pospuso también la XV Reunión de la Comisión Parlamentaria Mixta México-UE, prevista para diciembre último, principalmente por el complicado inicio de la legislatura del Congreso mexicano que, además de haberse renovado en su totalidad, se vio en la necesidad de dictaminar las iniciativas, con carácter preferente, presentadas por Felipe Calderón a finales de su gestión. Todo lo anterior despertó las alarmas y acrecentó la incertidumbre de la UE sobre cuál sería la estrategia hacia Europa por parte del nuevo gobierno de México.

La coopeacón al desarrollo, el componente más añejo en la relación bilateral de México con la UE, también presenta un déficit de aprovechamiento.

De los 32 artículos del Acuerdo Global concernientes al eje de cooperación, 30 se refieren a rubros temáticos específicos. Por lo tanto, resulta lamentable que después de 12 años de la implementación del Acuedo, sólo se hayan logrado consolidar siete de los 30 rubros temáticos de cooperación.

Hay apartados que han permanecido intocados, como el agropecuario, el minero, el de la administración pública, el de la sociedad de la información, el de protección al consumidor, el de la lucha contra las drogas y el lavado de dinero, entre otros. También existen sectores de cooperación en los que ha habido diálogos bilaterales, aunque sin proyectos concretos, como en materia de medio ambiente  seguridad y justicia, además de otros que han quedado en el abandono y que hubo que retomar, como el fondo cultural México-UE y algunos más que estuvieron a punto de perderse, como el de Derechos Humanos, que enfrentó especiales dificultades en un inicio de la relación, en particular por la reticencia que despertó en algunos sectores de México la denominada “cláusula democrática” del Acuerdo.

Sin soslayar aquellos proyectos que han dado resultados, porque para eso son y, más aún, porque están involucrados recursos públicos de ambas partes, cabe señalar la existencia de otros que han sido altamente cuestionados. Un proyecto que sin duda está dentro de esta categoría es el de cooperación para el “Fortalecimiento y Modernización de la Administración de Justicia en México”, impulsado desde 2004. Un proyecto emblemático por su temática que, aunado a la inevitable perspectiva de lo vivido en los últimos años en un México azotado por la violencia, la impunidad y la incapacidad en la procuración de justicia, careció de resultados palpables y, sobre todo, de eficacia.

El objetivo de dicho proyecto era mejorar el funcionamiento de las Procuradurías de Justicia de los estados, de los Poderes Judiciales de las entidades federativas y de algunos órganos auxiliares, como los servicios periciales y las defensorías públicas, con el fin de brindar a los mexicanos una justicia más pronta, expedita y transparente. Sin embargo, se trató de un proyecto accidentado desde su puesta en marcha, que fue dando tumbos de la Procuraduría General de Justicia a la Consejería Jurídica del Ejecutivo Federal y padeció una suerte de orfandad en su conducción. La evidencia de la incapacidad de sus operadores, la mediocridad de las publicaciones de ese proyecto y sus magros resultados no corresponden con los casi cinco millones de euros que costó el proyecto (alrededor de 80 millones de pesos mexicanos), que lo convirtieron en un rotundo fracaso.

Otro caso que debiera llamar a la preocupación, sin duda, es lo que ha sucedido en el estado de Chiapas en últimas fechas, sobre todo después de la gestión del hoy exgobernador Juan Sabines, que ha dejado una estela de corrupción sin precedentes. El hecho de que el desfalco a las arcas públicas estatales supere los mil millones de pesos debería hacer sonar las señales de alerta, no sólo de las autoridades estatales y federales mexicanas sino, queizás también, más allá de las fronteras, pues los diarios locales de dicha entidad han sugerido que la corrupción estatal ha salpicado, incluso, a los proyectos financiados por la UE en ese estado, lo que habría de dar luar, cuando menos, a ejercitar la facultad de auditoría que debe acompañar a los proyectos que son producto de subvenciones europeas.

Llegados a este punto, cabe reflexionar sobre por qué el estado mexicano de Chiapas se ha visto beneficiado de manera especial de la cooperación al desarrollo proveniente de la UE. Chiapas es una entidad federativa con una especial carga simbólica para los europeos, lugar de nacimiento del movimiento zapatista a inicios del año 1994 y justificación para la argumentación de la violación de los Derechos Humanos en México y la situación indígena, que fue parte de las motivaciones para hacer especial énfasis en contar con una cláusula democrpatica como base de la relación México-UE.

La visibilidad mediática del estado de Chiapas, sin embargo, ha propiciado la asimetría de los proyectos de cooperación, en detrimento de otras entidades federativas mexicanas, también con importantes necesidades no cubiertas. El Reporte de Índice de Desarrollo Humano (IDH) municipal de México del año 2005 refleja que, de los 20 municipios con menor IDH en nuestro país, sólo cuatro pertenecen al estado de Chiapas. Los demás son parte de estados como Oaxaca, Chihuahua, Guerrero, Veracruz, Jalisco y Nayarit. Para citar un ejemplo, el municipio de Cochoapa el Grande, en el estado de Guerrero, presenta un IDH de 0.44, lo que es quivalente al mismo IDH de Uganda, país de África oriental que se ubica dentro de los estándares más bajos de IDH a nivel mundial.

De acuerdo con las cifras de 2010 del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), en México, si bien es cierto que Chiapas es el estado con menor Índice de Desarrollo Humano en México, con un índice de 0.65, también lo es que lo siguen, inmediatamente después, el estado de Oaxaca, con 0.67; el estado de Guerrero, con 0.68; el estado de Michoacán, con 0.69, y el estado de Veracruz, con 0.70, lo que indica que estos tienen, comparados con la media internacional, un índice de desarrollo humano medio, lo que también los hace susceptibles de beneficiarse de proyectos de cooperación al desarrollo provenientes de la UE y, sin embargo, no han estado tradicionalmente en el radar de las ubvenciones comunitarias para México.

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En lo referente a la UE y su nueva estrategia de cooperación, por medio de la cual descarta como receptores de ayuda al desarrollo a países de renta media alta como el nuestro, habría que pregnarse qué tanto obedece ello a una revisión acuciosa de proyectos con balance de resultados y rendición de cuentas. También habría que cuestionarse si es, realmente, si es una decisión poco reflexiva, con la apuración que exige una crisis económica que se ha extendido en el tiempo mucho más allá de lo provisto o se trata, más bien, de la simple consecuencia de una inercia de austeridad en la dotación de recursos para la cooperación al desarrollo en América Latina, que ya se advertía en las discusiones presupuestarias de la UE hace más de 10 años.

Sea cual fuere la verdadera motivación de la reducción de la cooperación UE-América Latina, lo cierto es que la crisis que ha golpeado particularmente a Europa y las muestras de ascenso de América Latina en materia económica, no dan cuenta de que estas últimas aún adolecen de fragilidad. Porque a pesar de los avances en materia de cooperación, “aún persisten numerosos desafíos, no sólo relacionados con la ingente y dramática pobreza en numerosas naciones de la región, sino también la disparidad de ingresos o los niveles de desigualdad”.

Pero a pesar de que la desigualdad en la región latinoamericana ha sido una constante que se ha acentuado en las últimas décadas, los destellos de recuperación parecieran justificar un discurso europeo que evidencia el desconocimiento de la realidad que se vive de este lado del Atlántico.

El 17 de marzo de 2010, en el marco de las celebraciones del décimo aniversario de la entrada en vigor del Acuerdo Global México-UE, Stefano Sannino, entonces director general adjunto para América Latina de la Comisión Europea, sostuvo una reunión con legisladores mexicanos, en la que tuvo la ocurrencia de aseverar, cual si fuera una cualidad para nuestro país y para la relación bilateral, que: “el hombre más rico del mundo es un empresario mexicano”, en clara alusión a Carlos Slim.

Casi tres años después, el propio eurodiputado José Ignacio Salafranca, integrante de la delegación del Parlamento Europeo ante la Comisión Parlamentaria Mixta México-UE, en la clausura de los trabajos de la Sexta Asamblea Parlamentaria Euro-Latinoamericana (Eurolat), en su calidad de co-presidente del componente europeo, en su discurso de clausura aludió a las transformaciones positivas de la región latinoamericana en los últimos años y sugirió, refiriéndose a nuestro país, que era una buena noticia que el hombre más rico del mundo fuera mexicano, también aludiendo a Carlos Slim.

Tales declaraciones, más que accidentales, resultan insultantes y reflejan un grave desconocimiento de la realidad mexicana. Afirmar o sugerir que es buena noticia que el hombre más rico del mundo sea mexicano, en un país con más de 50 millones de persnas viviendo en la pobreza es, simplemente, indignante. De acuerdo a los datos de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), 40 millones 778 mil mexicanos perviven bajo la línea de la pobreza y 14 millones 940 mil lo hacen, además, en la indigencia.

El hecho de que la fortuna de Carlos Slim represente el 6% del PIB nacional de México, mientras viven en la pobreza 50 millones de personas (el equivalente a la población total de España y Dinamarca juntas), más que motivo de lisonja, debería de ser motivo de alarma para una Europa en crisis, cuyos índices de desigualdad van aumentando en la proporción de la aplicación de los recortes.

Pero si la percepción europea respecto a América Latina aún está distorsionada, la imagen que en este continente se tiene de la UE tampoco es pecisamente clara. De este lado del tlántico se percibe a la UE de manera vaga, apenas se conoce en algunos países como Méxicoy es mínima en cuanto qué es y representa el proyecto comunitario.

Por lo anterior, si los mexicanos y los europeos nos identificamos como socios estratégicos, tal vez tendríamos que reflexionar y preguntarnos: ¿Realmente nos conocemos, nos interesamos y nos necesitamos? Probablemente, entonces, tendríamos que responder: nos conocemos menos de lo que creemos, nos interesamos menos de los que decimos y nos necesitamos menos de lo que deberíamos. Leonardo da Vinci decía, y con razón: “No se puede amar algo que no se conoce”.

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